LOS PENSIONADOS DEL PALACIO DE QUINTANAR
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Las becas de pintura de paisaje del Palacio de Quintanar son las más antiguas y prestigiosas de España. Los pintores becados proceden de todas las escuelas de Bellas Artes de España y pasan en Segovia un mes de Agosto de aprendizaje y convivencia que termina con una exposición de sus trabajos, un mes de agosto que marcará sus vidas para siempre. El curso se desarrolla bajo la tutela de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, cuyo director es, actualmente, el profesor Antonio Ruiz Hernando. En los últimos lustros el curso ha sido dirigido por Mesa Esteban Drake, por Ángel Cristóbal Higuera y, en los dos últimos años, por el profesor de la Universidad de Granada Juan Cabrera. y según las pautas concretas del nuevo director, Juan Cabrera, profesor de la Escuela de Bellas Artes de Granada. Los cursos de verano tienen sus peligros y no me refiero al calor ni a las posibles efervescencias hormonales de los jóvenes. Benditos sean el calor, las hormonas y sus efectos. Me refiero más bien al peligro de confundir una beca con unas vacaciones pagadas, un curso con pasar el rato y una exposición con un mercadillo. Digo que son peligros de los cursos de verano y si alguien lee más de lo que escribo, se equivoca. Tales peligros se han conjurado siempre en este curso, la experiencia es la que enseña y la intención es mejorar cada vez más. Desde el año 2000, en el que escribí una dura crítica contra la mercantilización y falta de rigor de la exposición, las cosas no han hecho más que mejorar. Y en la línea de seguir mejorando están las ideas del nuevo director Juan Cabrera, el cual quiere insistir en el carácter académico que, como tal curso, debe tener, por muy de verano que sea, reforzando su componente teórico. Presento aquí las críticas que he escrito, correspondientes a los once últimos cursos, donde figuran los nombres de muchos jóvenes artistas -los de las primeras ya no tan jóvenes-, algunos de los cuales sonarán en el panorama de la pintura española actual. Jesús Mazariegos
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JUVENTUD, DIVINO PAISAJE Torreón de Lozoya. Segovia Agosto, 1999 Impresiona verlos, ensimismados unos, expectantes otros, vigilando el efecto de sus obras. Todos esperan, necesitan, requieren del interés del público. Por eso quiero mencionarlos a todos. A un primer golpe de vista, no hay duda de que algunos optan por desembarazarse de la dictadura del motivo, como una afirmación de la soberbia del pintor, como si, a pesar de sus pocos años, ya hubieran andado más de lo que llevan vivido. Otros prefieren pintar y pintar, madurar más despacio, hasta que un buen día se den cuenta de que lo hacen es único y que ésa es su manera de pintar, su lenguaje propio. De momento. Además los parecidos no son ni buenos ni malos. No siempre es lo sorprendente mejor que lo convencional. Otra cosa es determinar qué es, hoy, lo convencional y qué lo novedoso. Sorprendente me parece el depuradísimo dibujo de Isabel Solá, mujer que ha dado a Pompeyo Martín la gloria de la inmortalidad y una morada junto a los héroes de Flaxman y de Mengs. De los paisajes de esta pintora, algunos tienen algo en común con los de Luis Mayo. Otra presencia cercana es la de Rusiñol, envuelta en sombras lila y en recuerdos sorollescos, presente en la obra de Luis Torregrosa. Puestos a practicar este odioso ejercicio de las referencias, diré que José Antonio Hinojos se presenta como el más poliédrico y cezanniano de todos, mientras Manuel Rey muestra algo de la rancia seriedad del 98, algo menos seria en sus negros personajes sacados del adusto tipismo de Zuloaga. Elena Fernández se muestra suelta y resuelta, dejando entrar el color de Matisse en un pequeño patio azul. Itzíar Ruiz Mollá y Rafael Sánchez-Carralero hacen un paisaje expresionista, agitado hasta el dramatismo, más cerca de Kokoschka ella que él. Lógica es la huella del magisterio de Jesús Mari Lazkano en las arquitecturas de Jon Andoni Iriarte, cuyos jardines muestran una bella contradicción entre la nitidez de los volúmenes y su apariencia blanda y aterciopelada. Menos lógica y más sorprendente me resulta, en la obra de Leticia Aguilar, la clara evocación, homenaje o coincidencia con la pintura de Antonio Madrigal. Algunos han puesto a funcionar diversas técnicas y registros, como Mario Remón, que parece imprimir un soplo zobeliano a los monumentos segovianos, desenmascarando, con cierta crueldad, las miserias del dedicado a Cándido, merecedor él, como Segovia, de algo mejor. Obra también diversa y variada es la de Águeda Giráldez, utilizando la fotografía o la fotocopia como soporte, recurso que empieza a hacer furor por doquier. María del Pino Hernández busca el detalle simple, la silueta plana y el paisaje reducido a la línea horizontal, en una búsqueda de lo esencial. Los paisajes de David Serrano tienen detrás toda la tradición del informalismo hecha materia, tierra o encina, pero siempre pintura. Antonio Moyano muestra una inmediatez admirable que redondeará cuando consiga integrar cada elemento del cuadro. Ángel María Presencio se muestra algo cauteloso pero pisando firme con sus pequeñas superficies planas y ovaladas, como si se tomara al pie de la letra aquello del «ojo que pinta». A la categoría de los osados, sin que la palabra contenga el más mínimo matiz peyorativo, pertenecen Pablo Fajardo y José Luis Rubio, abstracto y complejo el primero, figurativo y más templado el segundo; los dos enganchados a la abstracción, Fajardo al expresionismo abstracto americano, con algo de Ràfols, y Rubio al primer Caneja y otros postcubistas, ampliados y licuados. Elena Guerra hace lo que parece una prolongación de la abstracción pospictórica de Morris Louis. Las obras de Jorge Quijano muestran la herencia de un informalismo más espontáneo y más matérico, anejo a la violencia de la experiencia figurativa, recordando a veces a Manuel Salinas. Algunas obras de Noribel Armas son como un palimpsesto en los que superpone los dibujos del esgrafiado o cubre el cuadro con escritura. El inconfundible bizantinismo de Tatiana Savchenco es un fenómeno que demuestra el aislamiento de Rusia en un momento en el que las formas están cada vez más internacionalizadas. Francisco Jesús Medialdea tiene sus mejores creaciones en los paisajes urbanos, de ambientes desolados u opresivos, resueltos con admirable fuerza y soltura. EBRIO DE TREMENTINA
Torreón de Lozoya. Segovia Septiembre, 2000 “Ebrio de trementina y largos besos, / estival, el velero de las rosas dirijo”. En el noveno de los Veinte poemas de amor, Neruda asocia el olor a pintura con la pasión, con el estío y con el mar. Y se hace barco de breve travesía, como el paso fugaz de los jóvenes pintores por Segovia. Ignacio Sanz, en la presentación del catálogo, también ha visto por alguna parte el mar, a pesar de estar varado en los rastrojos nuestro pétreo barco. Y es que estos artistas traen la frescura de su juventud para inundar el aire de olor a trementina, para compensar las corbatas con su pequeño aporte estrafalario, que falta hace, para embriagar las miradas y para humedecer con pintura los ojos hechos a contemplar la exactitud de las cotizaciones y los gráficos de rendimiento. Si el clasicismo aún sigue siendo, en cierta medida, una referencia fundamental para orientarse en la gran nebulosa del arte, parece que en los años mozos ha de primar la desmesura de Dionisos. Al menos así me lo parece desde esta otra decadente edad madura, tal vez porque siempre estuve más cerca del equilibrado comedimiento de Apolo que de los ya irrecuperables excesos báquicos. Beban los jóvenes pintores y pintoras en copas o en bocas húmedas, derramen y apuren los líquidos, sean dulces licores, humores amargos o acrílicos desbocados. No incito a los jóvenes a la bebida ni a vicio alguno. Incito, sencillamente a la embriaguez. A la embriaguez y a la locura. ¿Qué es la pintura sino una droga que arrastra por los caminos de lo irracional y deforma la visión de las cosas, trastoca el mundo y trastorna felizmente a los que la ven y a los que la practican?. La razón de esta extemporánea incitación no se debe a que piense que los pensionados no han gozado del ocio y de las relaciones humanas; más bien confío en que no hayan dejado pasar la ocasión de hacerlo. Mi temor se funda en lo que he visto en las salas del Torreón Lozoya, y no me refiero a los cuadros que, habiendo muchos buenos, sobraban unos cuantos. Lo diré de una vez. Sólo faltaba el cartel de FOR SALE, como el de los niños americanos que venden naranjada a la puerta del garaje de su papá. Más que la ebriedad vital de la juventud, me pareció ver, en algún caso, la astucia del mercader, cosa bien disculpable si se tiene en cuenta la mucha satisfacción que debe proporcionar el hecho de vender los primeros cuadros y el poco dinero que se suele tener también en esos años. Pero una exposición, aunque sea de pintores jóvenes, debe tener un mínimo de dignidad y diferenciarse claramente de un mercadillo. Los organizadores, con todos los atenuantes de la prisa, el calor y las demás dificultades, sin olvidar que los propios artistas no suelen ser prodigios de orden y prevención (excepto Modest Cuixart), deberían definir con claridad el carácter del curso y de la muestra. En una exposición se cuelgan obras concretas e identificables, las cuales permanecen en la pared hasta el día marcado para la clausura. Lo que no puede ser es que dure hasta fin de existencias, ni que alguien se pare ante una pared con ocho o diez clavitos y otros tantos círculos rojos, sopesando la carga conceptual de tan agudo montaje, hasta que la satisfecha expresión de la pintora le haga comprender que está asistiendo a una liquidación de temporada y no a una exposición de pintura en sentido estricto. Lo cierto es que los nombres de los pintores no aparecían relacionados con las obras sino con los precios. Mientras estos hallábanse protegidos en una funda de plástico, junto a las obras, en su caso, lo más que había era paupérrimo número a bolígrafo sobre un pedazo de papel partido con la mano. Bien está que los pintores tengan vacaciones productivas y pagadas, bien está que vendan sus cuadros. Pero una exposición es una exposición, no un mercadillo. Lo demás, muy bien. SIEMPRE EL PAISAJE
Torreón de Lozoya. Segovia Septiembre, 2001 Es muy posible que, cuando pasen veinte años, los cuadros de esta exposición, para sus autores, serán obras olvidadas y en paradero desconocido. En la vida y en la memoria de estos jóvenes artistas pervivirá con más fuerza el recuerdo de un amor fugaz, de un encuentro secreto o de una amistad perdurable. Incluso para sus profesores, contagiados de juventud hasta hacer perceptible la mayor amplitud de su sonrisa, quizás con la huella agridulce de una repentina y falsa creencia en la ingravidez, serán los detalles humanos y los contactos duraderos los mejores frutos del curso. Pero aquí hay que hablar de pintura y no de los rincones del corazón; de las personas en cuanto artistas capaces de crear, sobre un lienzo, su propia respuesta al paisaje de Segovia. No es cuestión de especular sobre las posibilidades de una presencia de modernidad, de vanguardia o de cualquier signo de innovación, en un curso sobre paisaje, con un motivo muy concreto del que partir y con una tradición que se hace presente en el famoso texto del Marqués de Lozoya incluido en el catálogo. Los intentos de hacer notar intenciones presuntamente novedosas, cuando son ajenas al género, siendo admisibles, vienen un poco forzadas y como con calzador. Del mismo modo que el retrato exige el parecido, la pintura de paisaje, aunque admite más registros, no puede dejar de referirse al paisaje real. Así pues, en paisaje, en abstracción lírica o en fotorrealismo, se puede hacer pintura sin más y buena pintura. La impresión general de la exposición es positiva, de un buen nivel. Tratándose de paisaje, lógico es que se gire en torno a la tradición de un impresionismo evolucionado en la línea de los paisajistas mediterráneos españoles (Rosario García, Guillermo Moreno, Eugenio Ocaña), mientras que los ecos postimpresionistas asoman por la pincelada constructiva, disciplinada y cezanniana de Santiago Torralba, o por el estridente cromatismo fauve de Fernando Pascua!. Tampoco podría faltar la vena expresionista, más o menos generosa en la cantidad de materia y en la agitación con la que se aplica (María José Álvarez, Javier Riaño, Manuel Rey). En las fronteras del género parecen ubicarse la intencionalidad conceptual de Frenado Robayuna, y de Ubay Murillo, el abstraccionismo de Silvia Rosauro, o la contemporaneidad del lenguaje de Amagoia Ruiz, procedente, en última instancia, del fecundo venero de Ferrán García Sevilla. Magnífica la franqueza de la síntesis constructiva de Cristina Malillos y su sobria ejecución de buena pintora. Los pequeños cuadros monocromos de Pau Josep Carrascosa también están entre lo más interesante de la exposición. Buenas son también las depuradas concepciones paisajísticas de Jorge Tabanera con sus paisajes cinematográficos, americanos, de una soledad hopperiana. Buenas son las calidades .y el misterio que David Bárcenas alcanza en la diafanidad de sus grandes espacios. Y buena es la esencialidad formal y cromática, casi monástica, de José Luis Rubio, que invitaría a pensar en la existencia de un largo camino anterior. De los nombres que no aparecen aquí, alguna cosa buena podría decirse también, sin duda. EL BUEN FLUIR DE LA PINTURA
Casa de los Picos. Segovia Septiembre, 2002 Querida Ángela.- Tú sabes que sólo existe el presente. La frase anterior ya es pasado y el futuro sólo existe en el instante en que deja de serlo. Decía Heráclito que todo fluye. El tiempo es inexorable y todo el universo y tú y yo estamos sometidos a su tiránico poder. Los relojes miden el desgaste, el deterioro, la oxidación, la ruina. Sus manillas, sin pararse, anotan tus risas y tus lágrimas, miden las horas de tu cuadro y cuentan los cuadros de tu vida. Cuando regreses a Bilbao ya no serás la misma. El fluir del tiempo dejó pasar otro curso de paisaje distinto a todos. Ni el curso ni vosotros ni nadie son ya los mismos. Creo que todo ha mejorado y aquí queda dicho. En la exposición, sin precios a la vista, también los cuadros han tenido un cierto fluir, pero los muros de la Casa de los Picos no se han desnudado antes de tiempo y sólo he visto a un pintor en cierta actitud de tendero. Creo que todos estabais pendientes de las miradas. Yo también. Los visitantes mirábamos los cuadros, vosotros mirabais las miradas mientras el fluir de la sangre nos permitía que otras secreciones dispusieran la suerte de las emociones. De Vicent Ricós me llaman la atención sus encuadres oblicuos y fragmentarios. A Esther Gómez la veo detallista y con gusto por lo pintoresco. Me gusta ver su ropa tendida. Luis Pastor pinta de modo distinto según el tema; me quedo con sus planos más amplios y sus colores más libres. La pintura de Alberto Romero la encuentro muy equilibrada entre la limpidez de los contornos y la soltura de las superficies. Su habitación seguro que nos trae el mismo recuerdo. Me gustan los collages de Ana María García aunque en esta ocasión concreta me parece discutible utilizar ese único recurso. Algo parecido cabría decir de Ana María Rivero, pero es capaz de integrar muy bien su clara inclinación conceptual a partir de los números y las letras que habitan la arquitectura y son como las etiquetas de los muros.. De los cuadros de Itzíar Rincón no diría que son paisajes y, aunque su rosa tras la reja es como una trampa para ilusos, acepto la estridencia de sus colores y ese amor a las canales que también profesaban Rembrandt y Bacon. Su conejo desollado me lleva de nuevo a la habitación de Alberto Romero y al recuerdo de Antonio López. Sonia Casero parece usar una única lente, es decir, un mismo nivel de detalle o una misma amplitud de pincelada, de modo que los formatos grandes dan un resultado figurativo y los pequeños, valientes, rozan la abstracción. De Vanessa Ramos lo que más me gusta son esos paisajes casi abstractos, hechos a base de poderosas pinceladas oblicuas. Las obras de Miriam López son mejores cuanto menos insistidas, aunque es posible que yo no sea receptivo a la violenta tensión de sus cuadros. Esa sería también una cuestión de flujos y de humores, un problema mío.. A Iván Albalate se le da mejor la naturaleza que la arquitectura, muy trabajada y algo subida de color. De Simón Arrebola, sólo he visto los abigarrados cuadros-clon de la Calle Real. Enrique Jiménez hace pinceladas netas y consistentes, y tienen un cromatismo que parece aportarle una cierta pátina y conectarlo con la tradición decimonónica, dicho sea en el mejor sentido. Las obras de José Luis Maravall poseen una base cezanniana que aspira a ordenar el mundo, recordando, quizás, las propuestas que el maestro de Aix escribió en su conocida carta a Emil Bernard. El resultado es de quietud, soledad y silencio monásticos. Carlos Sosa vuelca su tensión y su materia en los grandes formatos para calmarse en la geometría arquitectónica de los pequeños. Eduardo Millán es mejor cuando menos insiste y domina bien las distancias cortas. Urtzi Ibarguen parte de los presupuestos de la abstracción americana y lo aplica al paisaje con desiguales resultados. Desiguales porque arriesga, como debe ser. Las obras de José María Yagüe destacan por su formato y su contundencia plástica. Cuidado con las modas. Los cuadros de instalaciones industriales más o menos sombrías están en pleno furor. En las arquitecturas de Vanesa Roncal vale, mucho más que su precisa claridad, el libre recrearse en detalles que no son sino invenciones sutiles que su fuerza interior hace posible, con resultados a veces impregnados de magia. Bueno, sólo me quedas tú, desconocida Ángela Moreno, ya sabes. Tus cielos amplios me recuerdan a Constable pero cuando pintas cosas más cercanas tus cuadros esconden mil secretos y no se sabe si sus puertas y sus pasadizos conducen a una cárcel o a un paraíso. Es posible que tus ojos lo sepan. Y esto también se ha convertido en pasado. En todo caso, siempre nos quedará Bilbao. PINTURA VIVA, ¡VIVA LA PINTURA!
Casa de los Picos. Segovia Agosto, 2003 Un año más, los pintores del curso de paisaje muestran sus obras en la Casa de los Picos. Después del Conceptual, del Povera, del Land, del Videoart, de las instalaciones y de las performances, uno se pregunta si tiene sentido aplicar colores en cierto orden sobre una superficie rectangular y plana. La respuesta, desde un punto de vista metafísico, podría ser negativa; pero la que me sale del alma, no sólo es afirmativa, sino que, al ver a los pupilos veraniegos de Ángel Cristóbal y Pompeyo Martín, renuevo mi fe en el rectángulo plano al ver cómo la pintura se muestra inagotable y proteica, incluso condicionada por el denominador común del paisaje. En un momento en el que ya no cabe hablar de escuelas ni tendencias, los distintos lenguajes de estos jóvenes pintores y pintoras, me inducen a agruparlos en categorías inventadas ad hoc, nada académicas, aunque sólo sea por no referirme a ellos en orden alfabético. El grupo más numeroso es el que podríamos llamar los naturales, con la enseñanza de Cézanne bien aprendida pero sin mostrarla de manera expresa. Entre el acierto temático y la precisión fresca y nada lamida de Gustavo Domínguez, están la soltura y las licencias gestuales de Noelia Antúnez, la bucólica placidez campestre y la vertiginosa vista urbana de Ramón Louro, las amplias y luminosas campiñas de Jorge Muñoz, y la franqueza de Mari Carmen Palomo, que resume el paradigma del grupo: un paisaje realista con una pincelada levemente disciplinada y constructiva. En el caso de Rocío Arévalo, la aplicación del color está terminada con toques ligeros e insistidos, en busca de efectos texturales. Abundando en el carácter independiente de la pincelada, en su mayor autonomía y en un cierto efecto quebrado, con un muy buen resultado de fuerza, estaría el grupo de los enérgicos, formado por Ignacio Jiménez, cuyos contrastes de luz le proporcionan un tono dramático, por Javier Riaño, el cual, dentro de su fuerza expresiva, con constantes citas del informalismo, tiene tantos registros como cuadros pinta, y por Carlos Sosa, con obras de gran potencia, predominantemente monocromas, construidas a base de amplios golpes de espátula y originales texturas. Un tercer grupo surge de un tratamiento contrario al anterior, en lo que a la autonomía de la pincelada y a los contrastes se refiere. Es el grupo de las nebulosas o las atmosféricas. Ellas son, Vanesa Estafa, donde la acuarela conserva su carácter líquido, fresco y caprichoso, con magníficas, sumarias y dramáticas visiones de la ciudad; María Carbonell en la que el aire, casi visible, trasciende la realidad aportándole cierta magia; Isabel Sola consigue delicados efectos con un fuerte sustrato dibujístico y ligeras veladuras. Participando de los parámetros vistos hasta ahora, pero utilizando varios o añadiendo alguno más, estaría un cuarto grupo de heterogéneos o multirregistros, formado por Ondina García, que formula sus distintos lenguajes con la misma frescura y naturalidad, por Rocío Naranjo, que añade una visión ingenua y positiva del mundo, y por Miguel Montesinos, que comparte el carácter de los enérgicos pero lo lleva a un nivel constructivo muy cercano a la abstracción y en formatos fragmentados. Antes del último grupo, veamos tres individualidades. El constructivista por antonomasia es Antonio González, en el que una equilibrada geometría domina sobre una mínima referencia arquitectónica. Aitor Lajarín, en sus escenarios vacíos, representa la soledad del habitante urbano, en una línea similar a la tradición de Hopper. A Tomás Odión lo bautizamos como neobizantino irónico, por sus milagrosos iconos con dorados, y por la importancia que concede al contenido, impregnado de conscientes citas de Chagall y de discretas irreverencias tipo Sandro Chia. El último grupo, totalmente femenino, como el tercero, es el de las expresionistas, abstraizantes y visionarias. Más visionaria que abstraizante es Beatriz Sumelzo, de un expresionismo casi alemán, que hace respirar a los muros mientras el agrio colorido le aporta un acento dramático. Expresionistas, vibrantes y libres de color son los agitados paisajes de Aída Rubio. Hisae Yanase fragmenta su visión del paisaje en delicadas, intensas y silenciosas impresiones cromáticas, texturales y geométricas. Cristina Campo, al borde de la abstracción total, aplica pinceladas amplias y resolutivas, reduciendo al mínimo la referencialidad y mostrando una energía que recuerda a Guerrero. María Luisa López no es la más visionaria ni la más expresionista ni la más abstraizante, pero posee las tres cualidades y un ramalazo de visceralidad que hacen de su pintura una de las propuestas más personales. LA DISTINTA PERCEPCIÓN DE LO REAL
Casa de los Picos. Segovia Agosto, 2004 Cada año tengo ocasión de conocer fugazmente a estos jóvenes artistas y debo confesar que hablar con ellos me interesa y me impresiona al menos tanto como ver sus cuadros. De igual manera, creo que su estancia en Segovia les habrá marcado más en las fibras afectivas y personales que en las puramente pictóricas e intelectuales. No obstante, me gusta hablar con ellos porque son pintores y, como la pintura y la vida se confunden, sé que sus veladas, sus risas, sus nuevas amistades y sus buenos rollitos, han germinado y han crecido entre botes, tubos, pinceles y vapores de trementina. Al fin y al cabo, todo está en torno al interés por la pintura. Siguiendo mi costumbre de nombrar a todos y a todas, haré un intento de clasificación. De los que han utilizado soportes, técnicas y recursos más o menos convencionales, diferenciaría entre los más fieles a la naturaleza y los que se preocupan más por afirmar un determinado lenguaje. Entre los primeros estaría Rafael Díaz con sus exactos dibujos de plantas, Alberto Gutiérrez con su natural hacer y sus amables patios y parques, y Mateo Ripoll con otros parques más dramáticos, donde luchan las luces y las sombras. En una posición intermedia entre este grupo y el siguiente estarían Alejandro Martínez, Fernando Romero y Cristóbal Pérez, cada uno con distintas opciones y búsquedas y, generalmente, más resolutivos en los pequeños formatos que en los grandes. El segundo grupo estaría formado por aquellos que optan por una figuración con claras señas de identidad. Tres de ellos, coinciden en hacer una pintura basada en superficies de contornos difusos, buscando efectos atmosféricos; ellos son Alejandra Gutiérrez, Ignacio Martín y Moisés Gutiérrez, este último con cuadros-objeto. José María Verde cultiva un depurado cezannismo, casi corotiano, y Alain Urrutia juega sabiamente con el paisaje, la figura y el vacío. La esencia de lo que difusamente se llamó Nueva Figuración está presente en la obra de los tres pintores que han obtenido medalla, una obra en la que la figuración contiene todos los ingredientes de la tradición informalista, es este caso, de su lado más accionista y violento. Ellos son Alfonso Martín (oro), Guillermo Mora (plata) y Adrián Momparler (bronce). En la misma línea, Imanol Sánchez hace enérgicos paisajes con vocación tachista y matérica, mientras que María José Muñoz opta por una abstracción más contemplativa y rothkiana. Elisa Grafulla busca en el paisaje los caminos que le lleven a la abstracción. De aquellos que utilizan soportes, materiales o técnicas no convencionales, César Díez tiene una gran carga conceptual; Rakel Gómez juega con soportes y marcos, y pinta escenas llenas de grafismos y misterio en cajas de cartón. José Naranjo construye sólidos paisajes a veces cubiertos de pan de oro. María José Paredes es fotógrafa y suele jugar con dos planos, interponiendo un motivo entre el espectador y el tema principal. ![]() José Naranjo ![]() Rakel Gómez Resumiendo, ganas, ansias, búsquedas, dudas, que es lo que corresponde a quienes están en los años mozos; pero también hay frescura, imaginación, buenas maneras y apreciables hallazgos. Y futuro. UN PAISAJE PARA EL PRESENTE
La Alhóndiga. Segovia Agosto, 2005 Hay pocos acontecimientos en Segovia tan bien traídos, tan humanos, tan artísticos, tan refrescantes, tan auténticos y tan bien llevados, como la exposición que corona el curso de paisaje de los pintores pensionados del Palacio de Quintanar. En este barco del mar de la pintura que con tanto acierto gobierna su director, el pintor Ángel Cristóbal, y con tan buen entender cuidan las instituciones, han viajado 22 estudiantes de Bellas Artes que saben muy bien que lo importante no es el puerto de llegada, la exposición, sino el viaje en sí mismo, el fecundo fragmento de su vida que han pintado en nuestra ciudad. Al ver la diversidad de sus propuestas uno se pregunta cómo debería ser el paisaje de hoy, el paisaje de la pintura moderna. Si, paisaje y pintura moderna pueden llegar a ser conceptos enfrentados, no cabe duda de que el rey de los géneros debe tener un sitio en la pintura actual. Ese paisaje de hoy, ni es un modelo único ni se puede formular a base de palabras. Sólo la pintura puede definirlo. Está claro -y puede verse en esta exposición- que la herencia más común y de más peso en el paisaje actual es la del informalismo. El caso extremo de dominio de la abstracción lo interpreta magistralmente Leyre Solaberría. Silvia Martín pinta esculturas y David Murcia arquitecturas, pero los dos hacen un verdadero canto al dripping, de forma moderada la primera y más explícito el segundo. En el extremo opuesto, el de la figuración académica y realista, estarían las perspectivas urbanas de Araceli Martínez o el realismo cotidiano de Ismael Fuentes. Entre ambos extremos está el numeroso grupo intermedio en el que la figuración mantiene viva la herencia de la abstracción y su valoración de la fisicidad de la pintura. Aquí entrarían los paisajes suburbanos de Ismael Pinteño y los juegos de luz y perspectiva de Gorka García Herrera. ![]() Gorka García Alexandra Sans y María Ángeles Gomis (Medalla de Bronce), coinciden en expresar, a través de sus pequeños formatos, un discurso variado, coherente y honesto. Tania Castellano y José Luis Ceña son un buen ejemplo de equilibrio en este paisaje en el que los árboles no impiden ver la pintura. Betsabé Blanco y Paula Castelruiz hacen interesantes propuestas, la primera con arquitecturas algodonosas y vibrantes, y la segunda sometiendo las luces del paisaje nocturno al rigor ortogonal de sus pinceladas. Por último, Andrés Alonso Moutas (Medalla de Oro) modela y deforma la realidad con un fuerte expresionismo, al modo de los alemanes Werner Büttner o de Helmut Middendorf. ![]() Alejandra Sans Al margen del esquema anterior, hecho en función del dominio de la herencia informalista sobre lo que entendemos por paisaje, está el aparente simbolismo de las obras de Jonathan Pizarro y el homenaje que Idaira Frugoni hace a dos tocayos tan distantes y distintos como Hopper y Úrculo. Aziza Alaoui se mueve entre la convención y el expresionismo a lo Kirchner, mientras que Silvia Viana se sitúa al borde del decorativismo. Gloria Domínguez hace una abstracción ni geométrica ni informal, con demasiados elementos. Joaquín Ruipérez y Alfredo Albero desconciertan, el primero por su convencionalismo y el segundo por poner el oficio al servicio de la afectación. ![]() Idaira Frugoni Fuera también del esquema general pero con un planteamiento original y un resultado brillante, está la obra de Ariadna Contreras (Medalla de Plata), una reflexión silenciosa sobre la ventana como frontera y como interlocutora con la luz y la naturaleza. Su pintura, la de Araceli Martínez y la de Idaira Frugoni, son las únicas completamente libres de las huellas informalistas y de empastes. IGUALES Y DIFERENTES
La Alhóndiga. Segovia Agosto, 2006 Querida Estefanía.- Una vez más me acojo a la forma epistolar porque, ante tu juventud casi adolescente, la carta me permite hablar como más de cerca, como con más compromiso de no caer en formulismos fríos y distantes. Te escribo a ti porque me pareces frágil y sensible y creo que tu aparente fragilidad representa el perpetuo estado de las cosas. Tu estancia y la de tus compañeros en Segovia y vuestra pintura son una demostración de convivencia en la diversidad, porque procedéis de todas las comunidades y todos sois iguales y diferentes. Estarás de acuerdo conmigo en que has tenido suerte de venir a Segovia a pintar con un director como Ángel Cristóbal, que no impone sus maneras y no se empeña en enseñar todo lo que sabe; suerte de estar al lado de esa persona tan cercana que es Pompeyo Martín y suerte con el personal del Quintanar. Una cosa que todos los años me llama la atención, es la gran influencia que algunos profesores ejercen sobre sus alumnos pintores. Un caso extremo es el de la Escuela de Salamanca, patente en la gran semejanza que existe entre las obras de Iris Izquierdo y Magdalena Puente, con grandes superficies empastadas y rayando en la abstracción, muy apreciables por otra parte. El paisaje de campo y montaña -aquí las marinas son únicamente chicas con ese nombre- está representado por Raúl Domínguez Pazo, cuyos pinos están rodeados por una fuerza twombliana. Bárbara Fernández Abad posee la blanda calma neohopperiana de Gonzalo Sicre y Mateo Charris. José Manuel García Perera posee un verdadero poderío pictórico, bien visible su versión de Juan Bravo. Francisco Girbes juega con los formatos y la altura del horizonte. Ángel Luis González lo hace con los troncos y las sombras, en una potente monocromía. Óscar Hernández (Medalla de Bronce), por sus colores oscuros, recuerda a los paisajistas españoles de principios del siglo XX, aunque es mucho más suelto. Alberto Iglesias evoca al último Monet en sus acuáticas visiones de la alameda. Miguel Pang Ly hace paisajes de empastados cielos, a veces con recuerdos de Derain y de Gauguin. Irene Sánchez Moreno administra muy bien la influencia de Gerhard Richter. Hay también un paisaje suburbano representado por la diáfana visión de Julen Araluce, por los cezannianos cuadros de Leyre Viñuela y por la luminosa profundidad de Victoria Yanes. Paisaje propiamente urbano y con figuras es el de Andrés Gil. Alba López Fernández, tiene unas pequeñas pero intensas vistas de la ciudad. Especial atención a la arquitectura prestan Juan José Martínez Cánovas (Medalla de Plata) con su nítida expresión del románico; Francisco Javier Ortega, libre de cualquier estridencia; Gloria Pandís, aérea y vaporosa; Rosario Fernández López se fija en los detalles del edificio; Carmen Sales utiliza con acierto el colage, y Alba Fandiño sigue la tendencia conocida como “P&D” (Pattern & Decoration), tendencia conscientemente ecléctica y netamente femenina. Por último, la pintura de Eva Zaragoza (Medalla de Oro) es la más valiente y avanzada, la más abstraizante y la más alemana. Y por poco me olvido de ti, Estefanía Martín. Tus paisajes poseen toda la ingrávida belleza del arte oriental; son como fragmentos de un paraíso transparente donde poder refugiarnos de la realidad. Me emociona que Segovia te lo haya inspirado aunque creo que tú ya llevabas ese paraíso en tu corazón. FUGAZ ENCUENTRO
La Alhóndiga. Segovia Agosto, 2007 Dice Joaquín Sabina en una canción: “Sabes mejor que yo, que hasta los huesos, sólo calan los besos que no has dado”. Ciertamente, para valorar algo y no cansarse de ello, no hay mejor cosa que gozarlo sólo brevemente, quedarse con ganas de más. Así creo que ocurre con el curso de los pintores pensionados, para ellos mismos, que tienen que separarse cuando empiezan a conocerse, para los que los apenas hemos charlado con tres o cuatro de ellos, comentando alguna peculiaridad de su obra, para los que se acercan precipitadamente a la exposición sin oportunidad de volver, y para quienes llegan demasiado tarde. Esa fugacidad que todo lo envuelve, hace que todo sea más intenso, la contemplación, la amistad, la admiración, el compromiso. Si he de emitir un juicio crítico sobre las pinturas que con tanta brevedad cuelgan en los muros de la Alhóndiga, ordenaré a los pintores en varios grupos. Los que hacen un paisaje más o menos convencional y correcto, unos con más gracia que otros, sin correr demasiados riesgos: Juan Plata, con vistas urbanas monocromas de gran efecto; Manuel Rodríguez, que alterna la precisión del paisaje urbano con la soltura del campestre; Eva Sánchez, con apreciables paisajes al pastel; Víctor Solana maneja muy bien la luz, lo mismo que Cristina Gutiérrez, de factura más desenvuelta; Eva Cristina Mesas, de optimista colorido fauve a lo Derain; Javier Montserrat, con muy variados registros; Nieves Fernández, con nombre de Galería, cuya pintura, estoy seguro de que saldrá fortalecida de este curso; Mercedes Cruz y Diego Sáez, correctos, dentro de lo convencional, y Sara Alonso, dedicada a los reflejos acuáticos, muy perfilados. Alberto Fernández deja ver su madera de pintor pero hace muy bien en no correr demasiados riesgos, mientras se toma tiempo para demostrar que podría estar en el siguiente grupo. Hay otros que tampoco parecen arriesgarse demasiado pero que están tocados por la gracia, especialmente dotados para la pintura: Marta Cuezva, pintora tranquila, natural, sin artificios ni efectismo alguno, pintora de una pieza. Ana Leticia Lorenzo, que, en sus cuadros pequeños deja ver su garra expresionista, con rasgos de genialidad. Iker Serrano, con variados recursos en sus cuadros pequeños y cuyos cuadros grandes, tras su aparente inconsistencia, dejan sentir la respiración y el estremecimiento de los edificios. Y Adele Raczkövi, que convierte cualquier motivo en una buena pintura, con una riqueza de colorido que me recuerda a Augusto Macke. Yo diría que los de este grupo casi no necesitan arriesgar. ![]() Adele Raczkövi Entre los que arriesgan, los hay que lo hacen de la forma aparentemente natural, como Marta Cotelo, que administra muy bien el abocetado estilo Carralero que es como el sello de la Universidad de Salamanca, y Begoña Ante, magnífica expresionista que se mueve en ese territorio ambiguo situado entre la figuración y la abstracción, con resultados de corte visionario. Gonzalo Rodríguez y Fátima Pantoja son quienes que de forma más natural consiguen hacer un paisaje expresionista, más fuerte y radical el primero, más contenida la segunda. Manuel Moral, muestra una obra muy transvanguardista, donde no faltan atrevimientos y algunas citas de David Salle. Salomé Ortega, fascinada por el esgrafiado, obtiene los mejores resultados cuando inventa su propia red vegetal y pictórica. Otro grupo lo constituyen los que utilizan un lenguaje muy definido, con antecedentes más o menos claros. Javier Artica ha adaptado, con fortuna, al paisaje castellano, las maneras de su admirado Anselm Kiefer. Rubén Martín de Lucas, amigo de los planos amplios y los colores tenues, hace una pintura muy cerebral, cuya frialdad compensa con aplicación de dripping y collage. Pablo Rubio geometriza la naturaleza con una actitud más constructivista que cubista. El apartado de los que se complican la vida lo ocupa Fernando Sáez, el cual parece partir de un motivo figurativo o de una red geométrica en fuga, para colgar de ella un manto informalista con predominio de dripping y desembocar en una abstracción completa. Por último, el que va a su bola, Pablo Sebastián Fuentes, parece criado a los pechos de Escher, por sus estructuras geométricas, brillantes, complejas y laberínticas, las cuales, (por acabar con un poco de humor) se me figuran como los dibujos de un manual de instrucciones para armar una fábrica de harinas comprada en IKEA. EL JARDÍN DE EPICURO
La Alhóndiga. Segovia Agosto, 2008 Al escribir la crítica de la exposición de los pintores pensionados del Palacio de Quintanar, suelo acordarme de Diderot y sus Salones por aquello de manejar muchos nombres. Y ya que menciono al primer crítico de arte, no está de más recordar su defensa de la subjetividad, a lo que Baudelaire añade que la crítica tiene que ser parcial y apasionada con un punto de vista exclusivo pero que abra el máximo de horizontes. En aquellos salones que hicieron posible el nacimiento del público artístico, la pared se llenaba de cuadros, habiendo algunos tan altos que pasaban desapercibidos. No es el caso de nuestros pensionados, cuyos cuadros cuelgan en los nobles muros de La Alhóndiga con orden y dignidad. Por eso, aunque sean 28 artistas, quiero decir algo de todos y de cada uno. Me pregunto qué criterio de clasificación adoptar para que este escrito no se convierta en un rosario de nombres. Puesto que curso y exposición tienen el paisaje como referencia, se me ocurre partir de los dos grupos temáticos, el campestre y urbano, siempre basándonos en las obras expuestas en la Alhóndiga. De los 28 pensionados, 19 cultivan el paisaje urbano y 9 el campestre. En este segundo grupo, podrían ordenarse por filiación o por líneas de influencia, en los casos en los que se percibe con claridad, lo cual no suele hacer mucha gracia a los pintores porque piensan que se atenta contra su originalidad pero, al fin y al cabo, están en época de tener padre y madre. Así, veo un horizonte fauvista, vía Derain, en la obra de Isabel Martínez, que lo solidifica y lo somete a una disciplina casi constructiva, mientras que Adela Camacho simplifica y geometriza al presunto Derain y pone bordes a las formas, haciéndolas más lisas y planas. Sofía Campillo y Carlos Manuel Ramos hace un paisaje entre romántico y expresionista, la primera con cierta agitación y misterio y el segundo con eficaces pinceladas independientes en A los pies del Alcázar y un exceso de insistencia y empaste en su catedral nocturna. Miguel Ángel Salgado se acerca al realismo mágico, tanto en Segovia ante el crepúsculo, con un cielo que se come al paisaje, como el La turista despistada, que tiene su gracia. Estela López y Alejandro Casanova hacen un paisaje con numerosos precedentes pero sin ninguna filiación clara y con zonas abstraizantes; el de ella arbolado e insistido, muy pictórico; el de él de campo abierto y con grandes planos barridos, sin ningún exceso. En este grupo, a pesar de ser el menos numeroso están las dos primeras medallas. Alvar Gallardo (plata) encierra mucha intención e ironía; lo suyo es una metapintura en la que se pinta a sí mismo con fuertes recuerdos de Edouard Manet, muy bien administrados. Víctor Alba (oro) ha hecho un tríptico de gran formato, valiente y ambicioso, y aunque recuerda intensamente algunas obras del pintor alemán Anselm Kieffer, es un cuadro original y verdaderamente potente. ![]() Víctor Alba El grupo del paisaje urbano, podemos dividirlo entre los que pintan la ciudad y los que pintan jardines, que vienen a ser como la naturaleza ordenada o urbanizada. (Ahí está el título de este escrito para que cada cual lo interprete a su gusto.) El paisaje urbano en sentido estricto, el de edificios, está representado por Marta Aguirre, que hace una pintura muy sutil, con un pie en la abstracción y que recuerda a Manuel H. Mompó. Zaira Barcia inventa una Segovia fantástica, con casas como de cuento, con colores suaves y transparentes. Gema Batanero utiliza colores libres, en plan fauve, pero mucho más ácidos y aplicados con una energía expresionista. Silvia Caixeiro hace calles en fuga, sin sombras y con colores muy claros y planos. Adrián Cortadi pinta fachadas como alzados con una pintura plana pero muy franca, sobre la que aplica trazos de grafito. Sugiere una cierta cercanía con el naïf. Ana Díaz tiene un aire pop por la repetición de motivos y por las tintas planas que recuerdan la ilustración. Daniel Franca pinta arquitecturas en grandes planos, utilizando astutamente los recursos. Celia Guillén, aunque hace figuración, en algunas zonas del cuadro hay como remotas citas de Ràfols. Lilian Hinojo pinta muros viejos a base de superposiciones, utilizando demasiado la espátula. Jaime Picazo hace una pintura muy auténtica aunque algo convencional. José Sánchez plantea una visión conscientemente descoyuntada de la Plaza Mayor, con un vacío casi metafísico. Xenia Tsalimi pinta muros de edificios y ventanas con un gran poder de síntesis y un aliento poético. Clemente Martínez dentro de la ciudad, fija su atención en las estatuas, a las que trata con frialdad académica y las aísla del entorno. Y veamos, por último, a los pintores de jardines, parques y patios. Rayco Márquez recoge los contrastes de luz y sombra y trata brillantemente la geometría de la arquitectura evitando las líneas rectas y consiguiendo una blandura fría y silenciosa, tipo Hopper, vía Gonzalo Sicre. Rocío Motellón y Estefanía Pantoja se mueven bien entre los setos y el sol y sombra, aquélla animándolos con personales toques de luz y ésta más en la tradición de Mir y el jardín catalán. José Carlos Naranjo ha evocado los patios de su Sevilla a partir de las escasas plantas y de las paredes sin cal ni azulejos de lacería del patio segoviano, tratado, eso sí con la vaporosidad de Carmen Laffón. Para terminar, dos pintores temáticamente ambiguos. Alba Dalmau, que expone un parque con pilón y un paisaje de campo con la zona inferior abstracta, ambos apacibles, mientras que en el catálogo aparece un originalísimo paisaje urbano expresionista y con visos de catástrofe. Y termino con Carles Bartolomé, que quedó a un paso de la medalla y que presenta un cuadro magistral de los Jardines de San Agustín y una panorámica que va desde San Lorenzo a San Justo, con La Lastrilla al fondo, incluyendo lo urbano, la naturaleza y las obras suburbanas de Padre Claret, ejecutado a base de pequeñas superficies de color plano, con excelentes resultados. Mucha suerte para ellos y ellas. LA VIGENCIA DEL PAISAJE
La Alhóndiga. Segovia Agosto, 2009 La historia del arte moderno tiene hitos decisivos como el urinario de Marcel Duchamp, las cajas de Jabón Brillo de Andy Warhol o la Mierda de Artista de Piero Manzoni, hitos todos ellos extrapictóricos. Si se hace referencia específica a la pintura, habría que citar a los impresionistas y postimpresionistas, a Picasso cuando pinta 'Las Señoritas de Aviñón' y cuando pone una rejilla de silla o un papel de periódico en una naturaleza muerta, a Malevich y su cuadrado blanco sobre fondo blanco, a Ives Klein cuando patenta su 'Azul Monócromo, y a los expresionistas abstractos americanos entre otros. En la exposición de los pintores pensionados del Palacio de Quintanar, existen referencias al Postimpresionismo, especialmente en su versión cezaniana y paisajística. Es un referente antiguo paro vigente, pues, del mismo modo que, a medida que nos hacemos mayores, recordamos más la infancia y nos sentimos más marcados por ella, en arte y en política, a medida que nos vamos separando del siglo XX, comprendemos mejor la decisiva importancia de las aportaciones decimonónicas. A partir de los resultados del Curso de Paisaje, que se presentan en la Alhóndiga trataré de buscar las conexiones con distintos movimientos de la historia de la pintura moderna, que sirvan para ordenar a los 23 pintores que integran el curso. Algunos se remontan más allá del postimpresionismo y conservan la óptica renacentista enriquecida de diversos modos. José Ávila aporta muy buenos efectos de luz cambiante, vespertina y dorada, o luz blanca de después de la tormenta. Nicolás Caballero, o es menos riguroso o quiere parecer ingenuo. Pilar Vela ha tenido la loable ambición de pretender lo mismo que Donato Bramante en el proyecto de San Pietro in Montorio con el patio redondo, quedándose, como él, en el intento. Los seguidores del Postimpresionismo, terreno abonado para el paisaje, serían José Castiella, con jardines y estanques umbríos que respiran la melancolía de Santiago Rusiñol; Anabel Juste, que sabe transmitir la sensualidad húmeda de la pintura; Mónica González, con una pincelada 'fauve', jugosa, luminosa y optimista; Noemí Poveda y sus pinares de atmósferas cezanianas bien logradas, y Cristina Ramos, cuyo fauvismo nocturno y urbano se acerca a su paralelo formal, el expresionismo nórdico-germánico. Entre los ingenuos yo situaría los dos pintores africanos y espero que no sean los prejuicios los que e lleven a verlos como artistas que aún no ha perdido la inocencia. La obra de Hampaté Show, muy elaborada, me parece de una concepción pregiotesca, bizantina, y la de Pierre Nikiema con muy distintos registros que denotan un proceso de constante búsqueda. Los herederos del informalismo y de la primacía de la pintura como materia, serían Ismael Barroso, con una figuración poderosa y gestual; María Ruiz Reales, un volcán en erupción con un gran potencial de autenticidad; María Antonia Blanco, con una abstracción de referencias paisajísticas a escala cósmica; Juan Carlos Cartaxo (Medalla de Bronce), más templado y conceptual y con amplias posibilidades; Jesús Ruiz Bago, con vagas referencias a Joaquín Torres García, a Nicolás de Stäel y a Sean Scully, y con buenos resultados, como de tapiz; y Juan Diego González Izquierdo, concentrado hasta llegar a un geometrismo, que me ha recordado a Richard Diebenkorn. Los epígonos del Pop, como Jesús Díaz Menárguez y sus parques con personajes ociosos; como Cristóbal González Tabares, Hopper redivivo, con sus mágicas y solitarias gasolineras nocturnas; como José David Romero y sus paisajes urbanos perspectívicos y con tintas planas; como Javier Corzo, con una visión múltiple que incluye la zenital y una realidad un tanto poliédrica, y Miguel González Segovia, que aplica la pintura empastada de factura suelta a los temas urbanos cultivados por los fotorrealistas. La opción de Humberto Loureiro, de meter el Alcázar en un llavero, con la deformación de espejo convexo, tipo autorretrato de Parmigianino, por mucho aparato crítico y conceptual que llevara, no acabaría de convencerme. Y quedan los que he incluido en el apartado de posmodernos. Paulo Escobar no se limita a utilizar un recurso de Gerhard Richter, sino que lo convierte en una reflexión sobre las relaciones entre pintura y realidad. Juan Antonio Soria (Medalla de Plata), bajo la apariencia convencional y anecdótica de su obra, se descubre una fragmentación que reflexiona sobre los límites del paisaje y de la representación. Por último, Nekane Manrique, Medalla de Oro por unanimidad del Jurado, hace un paisaje de una admirable madurez y limpieza, donde podrían buscarse referencias desde Corot hasta el presente, pero que Nekane hace suyas en una síntesis que no consiste en la aplicación de muchos recursos aprendidos, sino en un estilo propio, brillante y moderno, fruto del trabajo en el aprendizaje, cuando la cabeza que lo rige está especialmente dotada para la pintura. |
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