LUIS MORO
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![]() El artista Luis Moro de visita en el MUSAC EL SEÑOR DE LOS INSECTOS Galería Claustro, Segovia Diciembre, 2004 Los primeros pintores de la Historia fueron pintores de animales y, al mismo tiempo, tenían algo de brujos o magos guardadores de secretos. Luis Moro es también un pintor animalier y sus ojos delatan que es conocedor de algunos saberes recónditos. Luís Moro pinta animales como una necesidad. Es uno de esos casos de pintores viscerales, genéticos, con pintura en las venas, de los que necesitan pintar como respirar. Empezó pintando mamíferos de fragmentada anatomía y musculatura casi desollada, peces entre la vida y la muerte, seres dolientes y callados, a veces implorantes, trasunto de todo el mundo animal, Humanidad incluida. Así como, en los retratos de Francis Bacon, sus personajes muestran deformaciones y pérdidas de materia, como si sufrieran una extraña enfermedad, los animales que pueblan las obras de Luis Moro pueden mostrarse deformes e incompletos por efecto del movimiento o de su propia tormenta interior. Además, nunca se encuentran en el prado, si son reses, en la calle si son perros, o en el agua si son peces, sino que ocupan un espacio ambiguo, casi siempre definido por su propia corporeidad. Cuando Moro se vio ante el Dioscórides anotado por Andrés Laguna, descubrió el universo de lo pequeño y de lo escondido y se interesó por los animales que no suelen acompañar y servir al hombre como ayuda ni como signo de prestigio, los pequeños vertebrados que viven en las oquedades de la tierra y dentro de los muros, o los que remueven las aguas de las charcas, los humildes ratones y las ranas perezosas. También descendió a los fondos marinos y se encontró con su propio yo en armonía con aquellos pequeños universos silenciosos, poblados de hipocampos y otros pequeños monstruos con la piel cubierta de placas y de espinas, moluscos, erizos marinos, peces luminosos y medusas transparentes. En el aire descubrió la ligereza y la transparencia de las libélulas y la infinita belleza de las mariposas; observó la tenacidad de las hormigas, la paciencia de las arañas y las costumbres de los demás artrópodos. Al pintarlos, sin embargo, Moro no los presenta en su medio ni en su ser, sino con su materia más ligera y traslúcida, más líquida, hasta identificarse con la condición voluble de la pintura. Ese viaje desde el lustroso caballo hasta el pez vivo o muerto, y de la rana a la libélula, para llegar hasta los pequeños xilófagos, va acompañado de un proceso de acercamiento que se prolonga más allá de sus pelajes y de sus epidermis, y llega hasta sus osamentas y sus vísceras. Las criaturas de Moro viven en un medio líquido o gaseoso, nunca sobre la tierra sino en medio de una atmósfera nacida de la veladura transparente, traslúcida o lechosa, como los humores corporales, como los caldos de cultivo, como las secreciones de las heridas, como las pócimas letales y los filtros amorosos, como las aguas estancadas. Esta pintura es, por lo tanto, una de las que, con más propiedad, pueden calificarse de orgánicas. En ella confluyen las formas blandas ajenas a cualquier disciplina geométrica, las formas redondeadas y elásticas de los músculos, la volubilidad de las larvas, las formas inaprensibles de los líquidos desparramados y de las inestables y caprichosas nubes. Son las formas de la naturaleza viva, articuladas y mudables, sujetas a la continua transformación inherente a la vida y a su inexorable ciclo de germinación, nacimiento, crecimiento, madurez, degradación, muerte y podredumbre. La predilección de Luis Moro por todo aquello que está vivo, le pone, irremediablemente, en relación con la degradación, el sufrimiento y la muerte. Los seres vivos son frágiles y caducos, blandos, quebradizos y húmedos. La humedad es inherente a la vida e igual está presente en la pasión amorosa que en el proceso de corrupción de la materia. Es precisamente ese sometimiento a la degradación y a la caducidad lo que caracteriza el devenir de los seres vivos que son tales, precisamente, porque mueren. Hay en las pinturas de Moro algo de los azares que rigen el curso de la vida, algo del caprichoso discurrir de los líquidos por el papel, y mucha maestría para consentir los azares y, a un tiempo, dominarlos y crear un nuevo reino con nuevas criaturas. Así, la naturaleza blanda de los cuerpos se aproxima al medio pictórico, mientras que antenas y patas se reconocen en los trazos, los huevos en las gotas, y los protozoos y demás seres, en las manchas propicias vistas con ojos predispuestos. La pintura puede ser líquida, más o menos densa, opaca, cerúlea, traslúcida o transparente pero, en manos de Moro, no parece salida del pincel sino que se ofrece más bien como mancha casual y sugerente, como huella de impacto en el cristal o en el lienzo, élitro, membrana, cartílago, ala de libélula o mariposa, secreción seca, flujo de color que se concreta en breve larva o en fugaz crisálida. El componente líquido de los cuerpos de los animales ha congeniado con la condición cremosa de la pintura y así, se han fundido los óleos con la saliva de los insectos y los acrílicos con la estela de los caracoles, alumbrando una superficie que se ha convertido en el medio natural de nuevas especies de insectos pintados. El progresivo acercamiento al reino de lo pequeño ha permitido a Moro descubrir una nueva realidad oculta a la mirada que, de pronto, cobra aspectos de apariencia amenazante o desvela bellezas ocultas e inimaginables. Este penetrar en el microcosmos conduce a veces, al descubrimiento de nuevos mundos aún más pequeños, lo cual viene a convertir lo pequeño en grande, de forma que un ala de mariposa puede convertirse en carta celeste o en paisaje cenital de un país imaginario. La consecuencia de esta pérdida de las referencias de la escala es que ya no sabemos a cuál de esos universos pertenecemos y, por consiguiente, ignoramos nuestro propio tamaño y nuestra posición en el cosmos, y tampoco sabemos cuál es nuestra importancia. Después de la creación del mundo, la evolución ha hecho su camino sin norte ni guía, ante la negligencia indolente del creador. Este abandono de la naturaleza a su cruel violencia y al albur de sus injustas leyes, ha producido toda clase de híbridos indeseados, de pesadillas hechas carne, de quimeras que son frutos de mil azares, y de monstruos a los que la cercanía nos ha acostumbrado y en cuyas filas caminamos. Luis Moro ha puesto en marcha una evolución paralela a partir de su propia visión de lo creado, una evolución que no transcurre sobre la tierra sino sobre el lienzo y el papel, y que no se rige por las leyes de la supervivencia sino por las propias leyes de la pintura y por las no-leyes del azar. Moro ha querido pintar a los animales que quedan fuera de cualquier tipo de protección humana para representar a las víctimas que más merecen este nombre, para encarnar a los primeros clasificados en la escala de los sujetos pasivos del dolor, de la infamia, del desprecio y del olvido. Para ello Moro ha elegido a las hormigas, tantas veces imagen de la sociedad humana, y a otros humildes insectos. Esos animales siempre dolientes, esos insectos moribundos, son la imagen y el trasunto de una Humanidad concebida en sentido amplio, una Humanidad que incluye todo lo que es vida sobre la Tierra. Pero hay una pequeña parte de la especie humana que, de cuando en cuando, necesita organizar reformas a su favor, operaciones de limpieza abrasiva, tormentas de arena que arrastran animales, hombres, mujeres y niños. Con ellos arrastran también la confianza y los últimos restos de la ética. Sobre las dunas que los cubren crece la planta del miedo. Con frecuencia, los niños que juegan en los parques pisan los hormigueros y orinan sobre ellos para demostrar su circunstancial superioridad. A veces las hormigas revientan y los fragmentos de su caparazón se clavan en el pecho de los niños que juegan en los parques. En algún lugar hay alguien que no diferencia a los niños de los gobernantes, ni a los hombres de las hormigas, ni a los muertos de los índices bursátiles. En un hormiguero, en un periódico, en una estadística, en una tormenta de arena o en un cuadro de Luis Moro, siempre veo a la Humanidad. EL TALLER: LUIS MORO
Revista Escena Enero, 2008 En un extremo de Yanguas de Eresma, en una casa algo destartalada, que su morador ha conseguido convertir en habitable, incluso en confortable, tiene su taller el pintor Luis Moro. Tras una planta baja llena de cuadros, esculturas y artefactos diversos, pasando por el primer piso dedicado a la vivienda, se llega a la última planta, una gran sala luminosa y completamente diáfana, donde Luis Moro se encuentra consigo mismo y crea un mundo nuevo sobre el papel y el lienzo. Luis Moro es, sin lugar a dudas, uno de los pintores más populares de Segovia, bien conocido desde todos y cada uno de los sectores de la sociedad. Al mismo tiempo, cuando uno está fuera de Segovia, su nombre suena junto al Acueducto y el cochinillo, como una inequívoca referencia segoviana. Cuando digo que Moro es un pintor ‘popular’ no me refiero a un significado de la palabra con el que podría hacer un chiste fácil ni tampoco a que su pintura sea pasto de un público con escasa cultura artística y con un gusto más que dudoso, que prima la vena localista y ancestral, de fondo conservador; esa parcela ésta bien ocupada y con todo merecimiento por otros artistas. Quizás la virtud de la pintura de Luis Moro esté muy en línea con su carácter. Creo que no hay un segoviano consciente que no conozca a este joven pintor que se relaciona con todos los estratos sociales, desde la misma realeza hasta el lumpen. Apreciado en sectores institucionales, es igual de bien recibido entre los marginales, de modo que hoy puede recibir un premio oficial y mañana puede vestirse de saltimbanqui y unirse a la gente del circo. De la misma manera, su pintura posee una serie de cualidades aparentemente contradictorias que le permiten responder a un amplio espectro del gusto artístico, siempre dentro de los parámetros de la modernidad. Así, su pintura es figurativa y gira principalmente en torno al mundo animal, pero no tiene nada que ver con la pintura de género que se ocupa de este tema. Figurativo pero rara vez realista, sus animales o los espacios en los que se mueven, siempre están afectados por algún accidente que les aporta un corte expresionista, sea una desproporción, un barrido, un descaimiento de las formas o el uso libérrimo del color, libertades todas que configuran una buena parte del estilo del pintor. En las obras de Luis Moro siempre hay alguna licencia de libertad o de marginalidad, y cuando creemos que estamos viendo una divinidad clásica, de pronto reparamos en que lleva un ‘piercing’ en la ceja. Anualmente Luis Moro prepara una exposición que se presentará en La Granja en el mes de junio de 2008, una visión personal de los jardines y sus fuentes donde todo se baña de color y se contagia de la condición líquida de la pintura y de la sinfonía visual de los surtidores cuando refrescan a los dioses y a los héroes. Será una exposición que marcará, sin lugar a dudas, un hito en su carrera, un quiebro hacia formatos más grandes y colores más variados. HUMORES DERRAMADOS
La Casa del Siglo XV y Sala de Exposiciones del Teatro Juan Bravo. Segovia Diciembre, 1999 Los antiguos sumerios ordenaron la bóveda celeste y acuñaron el primer bestiario en sus sellos cilíndricos y en los primeros emblemas heráldicos que se conocen. Las puertas de Hattusa están defendidas por leones y las de Babilonia por grifos y unicornios. Sus descendientes nos miran desde los capiteles y los aleros de las iglesias y desde las páginas del Dioscórides anotado por Andrés Laguna e ilustrado por Luis Moro (1969). Este pintor, segoviano y viajero, como Laguna, conoce a viejos magos inmortales y tiene trato con sabios antiguos con los que habla a través de su perro, rara bestia que no nació como las de su especie sino que salió del interior de un cuadro, algo dolido a causa de la postura en la que su hacedor le había pintado. Hace siglos que Luis Moro aprendió los secretos de alquimistas y astrólogos y se cree que llegó a beber filtros amatorios hechos con el rocío de la mañana. Se dice que Leonardo le enseñó a descubrir animales fantásticos en las manchas de la pared y que desde entonces, mire a donde mire, los ve allí reflejados, sea en las nubes que preceden a la tormenta, sea en las últimas sombras de la noche o en la tinta derramada sobre el papel. De estas verdades queda la prueba de la presencia de su rostro en algunas obras de Leonardo y de otros maestros de finales del Quattrocento, lo cual es tan cierto como que tomó de su señor, el Duque de Milán, el nombre que ahora usa. Cuando cayó en sus manos el Dioscórides anotado por Laguna, removió Moro los arcanos de su memoria y vio pasar ante sus ojos la mágica historia de la vida del planeta, desde que los hombres soportaban su condición de amebas hasta que los peces decidieron tenderse en la templada arena de las playas, y desde aquel punto hasta el día en que los simios descendieron de los árboles. El resto es conocido por todos. En el almirez de Andrés Laguna se fundían los poderes del solimán y el alivio del acero. En su marmita se cocían secretas hierbas y vísceras de animales cuyo bebedizo, tragado de una sola vez por personas crédulas y predispuestas, aportaba remedio a los males del cuerpo y reconciliaba el alma con los otros reinos de la naturaleza. Luis Moro disuelve sus pigmentos en humores y plasmas orgánicos que dan a sus obras la voluble apariencia de las cosas vivas y el latido de los huevos en el momento anterior al nacimiento. Si sus alacranes provocan saludables escalofríos estéticos, sus mórbidos moluscos son turbadores como las olorosas secreciones de las hembras y los oscuros recuerdos del olor de la madre. En los dudosos umbrales de la muerte del arte y del fin de la historia, confluyen la magia-ciencia y el arte, lo proto y lo posmoderno, las grafías que dicen y las manchas que muestran, Andrés y Luis, fondo y forma. Ya que el fondo de casi todo es, como parece, sobrevivir un poco más, hágase habitable la caducidad: que el ojo mire, que la vista vea, libe, beba ese otro filtro que cura la incultura y la barbarie, ese líquido que Luis Moro nos regala extendido sobre el papel. VÍAS LÁCTEAS DE POLEN
Sala de exposiciones del Teatro Juan Bravo. Segovia Noviembre, 2001 Mi libro de cabecera lo escribió un viajero antipático que a mí, sin embargo, me parece tocado por la gracia; la gracia a la que se refería Vasari: la grandeza de lo sencillo que, para poder ser grande, parece ocultar la gran complejidad que ciertamente posee. Este viajero melancólico segrega versos de amor que proceden de la cara oculta de la luna de su corazón y deja caer cada letra como ambarina gota de sudor, cada palabra como amapola pálida de semen y de sangre. Como secreciones acuosas caen los versos sobre las páginas del catálogo de Luis Moro y hacen temblar sus hojas, como si la pintura hubiese oído pronunciar su nombre. Y la pintura segrega, destila, fluye al ritmo de los latidos y jadeos del pintor, que lee atónito la historia de su vida y de su creación escrita en una fe de erratas, mucho antes de que hiciera respirar a los pesados e indolentes cuerpos de los ríos de la Piazza Navonna. Y como, ni las verdades son del todo ciertas ni los yerros inútiles, aún duda si donde dice 'moro' debe decir 'vivo', 'miro' o 'muero'. Al hombre que, siendo pródigo en secretos, cuando escribe se desnuda hasta mostrar las vísceras de su pasado, le pertenece el título de este escrito. Una vez que hubo tomado el pulso a los viejos colosos romanos, y observado desde todos los ángulos a los más lustrosos caballos y a las más vulnerables terneras que, de pronto, dejaron de ser azules, Luis Moro decidió explorar los fondos marinos y las oquedades de la tierra en busca de animales cubiertos de espinas calcáreas y de escamas en vez de pelo, pedunculados o ápodos, con duros y metálicos élitros o con la piel cubierta de viscoso mucílago; y descubrió sus virtudes y secretos en el libro de Dioscórides. Así fue conquistando universos cada vez más pequeños, poblados de hipocampos, erizos marinos, mitulos y telinas, caracolas y siluros, alacranes y cantáridas, y hasta la rana de los arroyos y el humilde ratón. Dioscórides le acercó a las plantas y Moro prefirió los bulbos a los tallos, los cálices a las hojas, la gota de savia brotando de una herida, la abeja libando, la crisálida abriéndose, la mariposa hecha hoja y la rama convertida en despiadada mantis. La naturaleza líquida de los humores ha congeniado con la condición cremosa de la pintura y así, se han fundido los óleos con la saliva de los insectos y los acrílicos con la estela de los caracoles, alumbrando una pintura no menos orgánica pero, en ocasiones, sí más abstracta. Surgen así nuevos universos -'vías lácteas de polen', 'racimos de galaxias amarillas', 'supernovas de liquen'-, en los que no sabemos si lo pequeño se ha hecho grande o viceversa y, sobre todo, no sabemos nuestro tamaño ni nuestra posición con respecto a ellos; ni nuestra importancia. LIBACIÓN
Galería Fontanar, Riaza (Segovia) Septiembre, 2003 El mundo mineral es seco y duradero; es duro y está muerto. Los seres vivos, las plantas y los animales albergan diversos líquidos en sus conductos, en sus venas y en sus vísceras. Los seres vivos son frágiles y caducos, blandos, quebradizos, húmedos. Los seres vivos lo son, precisamente, porque mueren. La humedad es consecuencia de la ternura y requisito de la pasión; es inherente a la vida. La lluvia fecunda el campo y el vientre de Danae. Una lluvia tibia, hermana del sudor, despierta el deseo de los sentidos, mientras resbala como gotas de ámbar, por la piel de los amantes. Lo vivo nunca permanece, se corrompe, se descompone, segrega humores diversos, claros o densos, que se sumen en la tierra. La planta moribunda deposita en la humedad su semilla y de su propia muerte surgirá la vida. Los seres del reino animal se fecundan en un combate amoroso entre el placer y la muerte. “Fontanar” es el nombre lírico y líquido de un milagro presente y vivo, es la galería de arte que levanta la bandera de la modernidad al Nordeste de la provincia, sólo posible por la pasión del hombre que la rige Antonio Sánchez Ramos. La pintura es líquida, más o menos densa, opaca, cerúlea, traslúcida o transparente. Luis Moro es el pintor de los seres volubles y acuosos. Moro reina sobre ciertas especies de la creación. Ayer lo hizo sobre los mamíferos y los peces, grandes y pequeños vertebrados. Desde su encuentro con Dioscórides y Laguna, gobierna a su antojo sobre el mayor ejército del mundo, el de los insectos. Él decide la jerarquía que ha de haber entre éstos y las pequeñas plantas, miméticas o no, entre las especies que nacen en la tierra y las que crecen en la pintura, y permite que surjan seres híbridos y espurios que la naturaleza desconoce. A veces la pintura no parece salida del pincel y se ofrece como huella, como mancha casual y sugerente, impacto en el cristal, élitro, membrana, ala de libélula o mariposa, secreción seca, flujo de color que se concreta en breve larva o en fugaz crisálida. En la mayoría de los cuadros, Moro mantiene la blancura del lienzo como fondo, herencia, tal vez, de su pasada experiencia digital, no faltando los drapeados a lo Schnabel y un bellísimo cuadro azul de esos que cifran su grandeza en no pretender nada, en no representar nada concreto, pero que, en su parquedad, acaba siendo mucho. Hay en las pinturas de Moro algo de los azares que rigen el curso de la vida, algo del caprichoso discurrir de los líquidos por el papel, y mucha maestría para consentir los azares y, a un tiempo, dominarlos, para crear un nuevo reino de bellas criaturas, frágiles hasta la fragmentación, que son la huella de una libación pagana oficiada por el artista mago, señor de los insectos. EL PINTOR ANIMALIER
Galería Claustro. Segovia Enero, 2005 Los animales constituyen desde siempre la temática principal de la pintura de Luis Moro. Hemos visto sus caballos y sus terneras tratados parcialmente con un cubismo particular, semejante pero distinto al que utilizaba Franz Marc, también aplicado a los animales. El hecho de que el cubismo zoológico no sea especialmente abundante se debe a la facilidad que tienen los animales sometidos a un proceso de fragmentación y geometrización para convertirse en monstruos. Moro abandonó la fragmentación cubista a la vez que se acercaba a un tipo de animales a los que se suele calificar de monstruosos sin demasiada propiedad, ya que lo monstruoso es la anomalía de la naturaleza o el ser fantástico que causa espanto. El pintor, consciente de nuestro parentesco con los animales, siempre se ha acercado a ellos con naturalidad y respeto, primero a los vertebrados, mamíferos, anfibios, reptiles y peces, después a los artrópodos, insectos y arañas, equinodermos y celentéreos o medusas. ![]() Luis Moro concede a las libélulas, las hormigas y los escarabajos el protagonismo absoluto de su pintura, pero no son tratados de forma descriptiva, como lo hacen los libros de Ciencias Naturales, ni los representa en su medio natural, sino que hace un tratamiento fundamentalmente pictórico y los asigna una simbología genérica que puede deducirse del título de la exposición y de los últimos párrafos que escribí en el texto del catálogo: “Pero hay una pequeña parte de la especie humana que, de cuando en cuando, necesita organizar reformas a su favor, operaciones de limpieza abrasiva, tormentas de arena que arrastran animales, hombres, mujeres y niños. Con ellos arrastran también la confianza y los últimos restos de la ética. Sobre las dunas que los cubren crece la planta del miedo. Con frecuencia, los niños que juegan en los parques pisan los hormigueros y orinan sobre ellos para demostrar su circunstancial superioridad. A veces las hormigas revientan y los fragmentos de su caparazón se clavan en el pecho de los niños que juegan en los parques. En algún lugar hay alguien que no diferencia a los niños de los gobernantes, ni a los hombres de las hormigas, ni a los muertos de los índices bursátiles. En un hormiguero, en un periódico, en una estadística, en una tormenta de arena o en un cuadro de Luis Moro, siempre veo a la Humanidad”. LUIS MORO EN MADRID
Galería Dolores de Sierra, Madrid Noviembre, 2005 La exposición de Luis Moro constituye una verdadera sorpresa para cuantos le seguimos, pues supone un cambio radical en su producción. No obstante toda la exposición gira en torno a un motivo sobre el que Luis Moro viene trabajando desde hace años: el caballito de mar, menos conocido como hipocampo, circunstancia que liga estas nuevas obras a su tradición de pintor ‘animalier’. La última versión de su ‘hipocampo’ está formada por numerosas piezas de bronce colocadas sobre un plano o pegadas a la pared, las cuales, vistas en conjunto, dan lugar a la forma de este animalito cuyo nombre es también una parte del cerebro. Luis Moro ha construido un cilindro con una chapa igual que la plantilla que se necesita para colocar correctamente las piezas en la pared y ha puesto una luz dentro, luz que proyecta cada una de las vértebras del hipocampo, más o menos deformadas, sobre las paredes de la habitación. Son estos fragmentos de luz los que constituyen los motivos de los cuadros de Moro. Luces fantasmales que hacen pensar el Georges La Tour y en Clyfford Still, luces como extrañas lenguas, como trémulas llamas, como aberturas en el oscuro lienzo, capaces de reconstruir, todas juntas, un fabuloso y gigantesco hipocampo de luz. PINTAR LAS SOMBRAS
La Casa del siglo XV. Segovia Mayo, 2007 Al pintor Luis Moro siempre le han ido mucho los títeres, el teatro, las cabalgatas -más las paganas que las otras-, las máscaras las tramoyas y todo lo referente a los efectos sorprendentes y escenográficos. Estoy por pensar que su estancia en Roma desarrolló en él esta atracción por las escenografías, pues, ya sea en la Plaza de San Pedro, en la Navonna o en la del Poppolo, lo escenográfico le envuelve a uno por completo. Todos sabemos que Luis Moro es, lo que se dice, un pintor animalier, es decir, un pintor de animales. Empezó con grandes vertebrados, fue reduciendo la escala de mamíferos y peces, y acogió a moluscos, insectos y otros invertebrados. Uno de sus animales favoritos, por cierto en vías de extinción, es el caballito de mar, que dicho así resulta un poco ridículo, pero si uno dice el hipocampo ya es otra cosa. Pues bien, Moro ha especulado hasta el límite con este raro animal, y nunca mejor dicho lo de especulado porque en una calle de la ciudad (Muerte y Vida) ha prestado el modelo para un esgrafiado en el que el legendario animal se duplica como reflejado en el agua o en un espejo. La continua profundización en la anatomía del caballito, le ha llevado a representarlo en una escultura mural mediante piezas independientes que ya presentó en la madrileña galería Dolores de Sierra. La necesidad de colocar con exactitud las distintas piezas que componen el animal, le ha obligado a la elaboración de plantillas en las que las formas se definían en los huecos, en la ausencia de material. De ahí a crear un cilindro con la plantilla y proyectar desde dentro una luz que salga por los orificios hasta chocar con los muros de una habitación oscura, sólo hay que dejar que funcione la vena escenográfica. Y es entonces cuando entra en escena el pintor, que ya no pinta hipocampos ni tampoco partes del mismo, sino la marca de la luz sobre la oscuridad. De modo que estaría por ver si Luis Moro se ha convertido en el pintor de la luz o en el de las tinieblas, bueno, dejémoslo en ‘sombras’. Hay aquí, sin duda, una herencia del tenebrismo caravagista y del cromatismo rembrandtiano, un recuerdo de Ribalta y de Ribera y un homenaje al barroco español. No hay nada concreto que así lo indique pero me parece evidente. Una exposición original y distinta, que no sabemos si abre una nueva etapa en la trayectoria del pintor. Más me inclino a creer que abre y cierra un paréntesis. COMO PEZ EN EL AGUA
Galería Dolores de Sierra. Madrid Abril, 2008 Luis Moro regresa a su ser. Ha considerado cubierta su etapa entomológica y los insectos han quedado atrás. Por supuesto que esa etapa también es muy suya y forma parte de su trayectoria, pero el hecho de que ahora se observe un regreso a lo que yo consideraría el Moro más clásico, demuestra que, si hay una fase más genuina del estilo de Luis Moro, es la que nació en Roma hace unos quince años y ahora renace distinta. Y aquí la palabra clásico tiene un doble significado, pues se refiere a lo que es más genuino en su pintura y también hace alusión a la recreación de los temas y las formas clásicas. Así, en dos de los cuadros más llamativos de la exposición, hay dos cabezas que emergen de un agua poco profunda, una de ellas como fragmento de estatua clásica -por el ojo sin iris- que en realidad es la primera cabeza que Moro modeló en su aprendizaje escultórico, detalle éste que avala la tesis del regreso. Esa cabeza transmite el silencio de un planeta destruido y la melancolía del naufragio de la Civilización. La otra cabeza, sin embargo, tiene los ojos cerrados y un aspecto mucho más orgánico, lo cual unido el corte del cuello, de aspecto menos pétreo y más canal, introduce, cuando menos, un factor de ambigüedad sobre su naturaleza. Además, si la anterior parecía emerger de las arenas de una playa desierta, ésta, a juzgar por las hojas que flotan en el agua, dejando ver peces de colores, hace pensar más en el estanque de un jardín romántico y decadente. Si la posibilidad de estar ante un trofeo propio de Salomé puede parecer descabellada, hay otros dos cuadros que representan la mano y los pies del artista. También en el borde de una playa sitúa Moro un objeto tan vulgar y cotidiano como una pequeña botella de agua mineral, vacía, a merced de las olas, pero que, al carecer de otros objetos de referencia, adquiere un aspecto monumental y heroico. El título de la exposición ha evitado la expresión corriente ‘líquido elemento’ pero sigue refiriéndose al agua, agua vulgar que, en el mundo en que vivimos, se va convirtiendo en un bien cada vez más escaso y preciado. Es el agua del pequeño estanque del Jardín de Leandro Silva donde las peces nadan bajo la zarpa del ‘chupacabras’ de Francisco Leiro, el agua convertida en puro reflejo, en espejo vibrante que riza la imagen de la realidad y fragmenta sus planos y sus colores, el agua de las fuentes que refresca a los dioses y a los héroes, el agua sagrada, fundamento de la vida y de la supervivencia de la Humanidad. Primera entrega, pues, de la última producción de Luis Moro. Las dos siguientes, para junio, una en Castres, Francia, y la otra en La Granja, inspiradora de sus últimas obras. LA LICUACIÓN DE LA REALIDAD
Museo Tecnológico del Vidrio. Real Sitio de La Granja de San Ildefonso (Segovia) Agosto, 2008 Desde su principio, la pintura de Luis Moro siempre ha hecho valer su condición líquida. Esta afirmación de lo líquido, que es a la vez una invocación a lo fluido y cambiante, a lo barroco y lo dionisiaco, a lo informe y lo inasible, está presente en su pintura aunque pinte colosos de enjuta y dura piedra. En las manos de Moro todo parece ablandarse, disolverse, derretirse hasta perder los contornos y las aristas; la realidad más mineral se vuelve mórbida, jugosa, húmeda y orgánica. ![]() La actual exposición de Luis Moro en La Granja de San Ildefonso, que anteriormente ha sido mostrada en Museo Goya de Castres (Francia), se titula 'Reflejos'; reflejos en el agua de los estanques, como el que reveló a Narciso su propia belleza, estanques de los jardines de La Granja, agua firme y diamantina, vidrio líquido que cede su casa a los cuadros y a las esculturas en bronce y vidrio de Luis Moro. Exposición con simetría de espejos, espejos de vidrio, de líquido mercurio, espejos de sueño en los que Francia y España se han de mirar sin remedio, 'Sueño francés en La Granja', 'Rève espagnol à Castres', sueño unas veces agitado, plácido otras, sueño líquido, inasible, como son los sueños. Sin lugar a dudas, la exposición merece la pena ser visitada, y la única pena que hay que sufrir es un montaje algo desconcertante: una especie de prólogo o introducción, con grandes formatos, bajo la gran cúpula de la entrada, donde la espectacularidad del espacio y la presencia de hornos y máquinas tratan de imponerse a la manifestación pictórica, y una segunda parte o exposición propiamente dicha, tras un largo e incierto discurrir por naves, pasillos y escaleras. Se llega así a la sala donde los cuadros grandes están colgados en la pared, y los pequeños, muy abundantes, se presentan en vitrinas, añadiendo así a su calidad pictórica una cierta categoría de objeto precioso, de jarrón o de escultura, que son los principales temas que en ellos mismos se desarrollan. Las obras se dividen en tres grandes apartados según los materiales: Acuarelas, Lienzos y Vidrio. La pintura, en sus distintas técnicas, desarrolla detalles de los grupos escultóricos de las fuentes, figuras concretas o fragmentos de figuras, así como los jarrones de los jardines y las tazas de las fuentes. Mientras en las figuras su condición líquida se manifiesta en la estructura blanda y voluble que le confiere su propia factura, en el caso de los jarrones y las fuentes se produce una verdadera explosión líquida, como si la piedra y el plomo dorado se hubieran contagiado de la naturaleza del agua con la que conviven. Y aquí se cierra el círculo, porque en los cuadros de Moro no hay agua ni piedra ni plomo, sino pintura que evoca la realidad no sólo a partir de las formas que describe, sino por la forma en la que es aplicada. Entre otros temas relacionados con el agua, destacan varios soberbios lienzos dedicados a Santa Catalina de Alejandría, representando una cabeza de mujer en las aguas poco profundas de una playa. Estas cabezas poseen el misterio y la ambigüedad de una cierta indefinición entre ser cabeza de estatua o de santa decapitada, dado el aspecto orgánico de los cabellos y del corte del cuello. ![]() |
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