Si la cita es a cielo abierto, la luz la de un mediodía de verano y el encuentro es con la pintura, estamos obligados irremisiblemente a resistir el lance desnudos de traje y perjuicios, sin código alguno que nos asista y con nuestra sensibilidad más verdadera como único trapo. El espectáculo puede resultar entonces altamente prometedor.
Poco importa ya, que el escenario tenga o no tenga techo, que la luz sea o no natural, que los cuadros formen convencionalmente unos junto a otros, que planeen sobre nuestras cabezas, que se extiendan por el suelo, o, que en la utilización de materiales y técnicas y el uso o no de soporte, se escondan multitud de conceptos y formalismos teóricos. El encuentro puede darse de igual manera si somos capaces de prescindir de toda regla, si sabemos que lo que nuestro convocante persigue es dar al espectador la posibilidad de juzgar por sí mismo sobre lo que él ha pintado para esta fiesta en un gesto único e irrepetible. Nos propone desechar los métodos acartonados, lo inmutable, los valores inamovibles, la búsqueda de parentescos y paralelismos, la referencia erudita y oportuna, y, nos ofrece, en una difícil pirueta, su pintura con la desafiante intención de sorprendernos. Si el artista completa con éxito su faena, si nos sorprende, habremos comprendido entonces lo absurdo de relacionar todo aquello que vemos por vez primera con lo que guardamos en nuestros registros intelectuales, y que tales prácticas solo conducen a un embotamiento de la sensibilidad y al alejamiento de la contemplación objetiva.