Habría
que comenzar diciendo, para hablar claramente de las cosas, que estamos
tratando con un degenerado de pura cepa. Sería un absurdo
post-dadaista pretender describir o explicar razonablemente a un
salvaje que lanza la pintura compulsivamente, como un mono arrojando
sus heces desde la jaula. Como un baterista
de Jazz, descomponiéndose luego del tercer trago y la cuarta
raya de speed.
Venezolano
por inconveniencia, y caraqueño
por fortuna, ni siquiera la geografía lo
libera de la paranoia y el horror de una ciudad con venas llenas
de coca y
violencia. Cada trazo amarillo es el recuerdo de la codicia salvaje,
y cada
salpicada es un reflejo de la sangre manchando las aceras. La violencia
sin sentido.
La muerte sin justificación. La pintura sin explicación,
compulsiva, maniática,
frenética.
Figuras
deformes y convulsas, producto de pesadillas introspectivas y viajes al lado
oscuro de un inconsciente colectivo que palpita al ritmo de tambores
de guerra
sedientos de caos, conforman el imaginario de un universo nihilista
y perverso. El
lienzo se vuelve un campo de batalla contra la razón, contra
la academia. Cada
cuadro es una muestra de un rincón que se revuelve violentamente
contra sí mismo, en
un afán autodestructivo sin la menor pizca de intención
de volver a construir. El
horror por el horror mismo.