Resucitar el alma de un árbol muerto no es nada sencillo. No. Que es una cuestión de sensibilidad y paciencia para no dañar las alas que se esconden entre la carne que alimentó, día a día, la fructífera sangre/savia. Ahora bien, para que ocurra el milagro, se necesita un buen “remendador” de sueños que, a golpe de gubia, ponga voz a los silencios y llene de belleza cualquier mirada que se acerque a saborear la miel del nuevo fruto. Antolín fue uno de los elegidos. Y, como era de esperar, los duendes del arte están orgullosos de que traduzca, como nadie, los sentimientos que florecen a la orilla del camino. Antolín, en definitiva, mira, escucha y abraza el tronco seco. Después sugiere e interpreta la voz humana que llevan sus personajes desnudos de toda maldad. Los vivifica. Y a nosotros nos deleita.
Gregorio Fernández Castañón
Escritor

Acacia
122 x 30 x 20 cm

Ciruelo
48 x 30 x 30 cm

Manzano
140 x 25 x 25 cm

Manzano
145 x 28 x 15 cm
HOMO
Negrillo
100 x 40 x 40 cm

Negrillo
155 x 50 x 30 cm

Nogal
40 x 40 x 25 cm

Nogal
134 x 10 x 10 cm

Nogal
97 x 30 x 20 cm

Nogal y castaño
170 x 20 x 30 cm

Peral
142 x 20 x 20 cm

Roble
115 x 70 x 30 cm

Sibar
78 x 40 x 40 cm

Soga, hierro y nogal
184 x 30 x 30 cm

Hierro y moral
20 x 20 x 15 cm
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